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Es Noticia / Dossier de Prensa / 19/09/2020

La tempesta / La casa cremada

A finales del siglo xix se implanta definitivamente el Naturalismo en Europa. August Strindberg le abre la puerta de la escena con su Teatro Íntimo. Presentamos las 4 piezas fundacionales en dos sesiones, dos programas dobles de función única.

La tempesta, dirección Juan Carlos Martel Bayod

con
Javier Beltrán el repartidor de hielo, el cartero, el farolero; el señor Fischer, marido de Gerda / Jordi Boixaderas el hermano, cónsul / Laia Martí Lluïsa, una familiar del señor / Bàrbara Mestanza Agnès, la hija de Stark / Lluís Pasqual el señor, funcionario público jubilado / Boris Ruiz el pastelero, señor Starck / Bea Segura Gerda, la ex mujer del señor

traducción del inglés y el castellano Marc Artigau / vídeo Marc Lleixà

producción Teatre Lliure

duración aproximada: 1h. sin pausa

Hay quien tiene más facilidad para cerrar pàgina que otros. Intuyo que Strindberg era de estos “otros”. O quizá pensaba, como Freud, que recordar es el mejor modo de olvidar. Sea como sea, siempre que el pasado regresa estalla una tormenta, para limpiar o para inundar, pero una tormenta al fin y al cabo. La nostalgia puede estancar un proceso vital, vivir del pasado o vivir del futuro es no vivir el presente, y por eso conmueve Strindberg, que nos avisa haciéndonos daño. Como una advertencia de lo que le puede ocurrir a cualquiera, como si para vivir con calma hubiera que pasar por una tormenta.
Estamos en verano. El señor, ya anciano, vive solo con Lluïsa, la joven dama de compañía, y pasa sus días jugando de vez en cuando con su hermano al ajedrez. En el piso de abajo, vive la familia del pastelero y su mujer, con Agnès, la hija joven, que desearía ser ciega y sorda para no ver ni oir todo lo que ocurre a su alrededor. En el último piso, la misteriosa familia Fischer, de quien nadie sabe nada hasta que el hermano encuentra y reconoce a Gerda, la esposa del señor que lo abandonó hace unos años llevándose a su hija de cuatro años. Desde entonces, el señor vive en los recuerdos fingiendo una indiferencia que, en realidad, lo ha torturado durante todos estos años. En el encuentro con Gerda sale todo a la luz y La tormenta empieza: la verdad resurge y el pasado regresa violentamente para convertirse en presente.

Juan Carlos Martel Bayod

La casa cremada, dirección Lluís Pasqual

con
Pere Arquillué el forastero / Laura Aubert Matilda / Javier Beltran el policía de paisano / Andreu Benito el tintorero / Jordi Boixaderas el cantero / Jordi Bosch Alfred / Pol López el estudiante / Laia Martí la señora / Carles Martínez el pintor / Xicu Masó el paleta / Rosa Renom la señora Vesterlund / Boris Ruiz el cochero de la funeraria / David Verdaguer el campesino / Rosa Vila la vieja

traducción del inglés y el castellano Marc Artigau

producción Teatre Lliure

duración aproximada: 1h. 5’sin pausa

Forastero.- (···) Cuando se es joven, se ve como se prepara el telar: los padres, los familiares, los amigos, el círculo de las relaciones, los criados, forman la urdiderat. Más adelante en la vida, a medida que la telaraña del destino con su vaivén incesante va tejiendo los hilos, aparece la trama. A veces los hilos se rompen, pero se anudan y siguen tejiendo. El peine enreda sin detenerse, el hilo va formando garabatos y la tela ya está a punto. Cuando eres viejo, cuando el ojo ya ha aprendido a ver, uno descubre que esos garabatos forman un dibujo, un monograma, un ornamento, un jeroglífico, que hasta entonces no había podido descifrar. Eso es la vida. La tejedora universal, lo ha tejido. (Va hacia al montón y coge un álbum). Es el libro de nuestros destinos. El abuelo y la abuela, el padre y la madre, los hermanos, las relaciones o lo que denominamos amigos, los compañeros de la escuela, las criadas, los padrinos... Y lo más curioso es que yo, que he viajado por los Estados Unidos, Australia, Congo y Hong Kong, siempre encontraba, allí donde fuera, un compatriota, como mínimo uno, y que al empezar a remover recuerdos, aquel compatriota conocía a alguien de la familia, o tal vez a un padrino, o a una criada, es decir, teníamos a alguien más en común. (···)

fragmento de La casa cremada