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Queridos espectadores:

La temporada 2016/2017 es la temporada número cuarenta del Teatre Lliure. Cuarenta: “L’età del guerriero”, como dice el Renacimiento. El momento más glorioso de una vida, la cumbre del conocimiento y la vitalidad.
Las anteriores temporadas estaban tejidas con una trama de deseos e intuiciones y con un urdido de hilos temáticos, líneas de pensamiento, que iban cruzándose hasta tejer una red de muchas veladas de teatro, muy distintas y, algunas, tras haberlas vivido, muy emotivas. La próxima temporada, aunque surge como las anteriores de una línea de pensamiento y de una mirada múltiple, la ha alimentado el deseo que se encuentren durante este año, en la misma constelación artística, un grupo lo más numeroso posible de personas para las que el Lliure haya sido o/y sea aún su “casa de teatro”.
Lamento que no puedan estar todos; unos porque ya nos han dejado físicamente, otros porque, afortunadamente, somos tantos después de cuarenta años que no cabemos. Desde aquí pido excusas a todos aquellos para los que el Lliure ha sido importante en su vida teatral y a los que, aun así, no podremos acoger esta temporada.
Pero también hay muchos que están, muchos actores y directores que se han hecho en el Lliure (tres de ellos en algún momento hemos tenido, o tenemos, la responsabilidad de dirigir esta casa), escenógrafos, figurinistas, iluminadores, técnicos, productores... No hace falta que os haga una lista. Tenéis sus nombres en las páginas que siguen a estas palabras. Sólo debemos citar a uno, precisamente porque puede representarnos a todos de sobras: Fabià Puigserver, que, además de acogernos cada día en una extraordinaria sala que lleva su nombre, estará presente –milagros de la memoria y del teatro– con Les noces de Fígaro, una obra por la que sentía una profunda admiración y que reflejaba en buena medida su sensibilidad y su pensamiento, que todavía nos acompañan.
Esta temporada ofreceremos 36 producciones, es decir 566 funciones, y por tanto 147.560 butacas, puesto que creemos que la mejor manera de celebrar este 40 aniversario es haciendo teatro lo mejor posible y abriendo muchos frentes.
La temporada contiene también varios gestos de menor duración, algunos de ellos deberían ir creciendo y no ser excepciones, (deberíamos poder permitírnoslo porque nos son tan necesarios como el oxigeno) y que desean ser gestos significativos, que despuntan como flechas marcando nuevas direcciones por seguir. Vivimos en una sociedad en plena mutación, que se cuestiona los límites de les propias realidades. El teatro también se cuestiona más que nunca sus límites: la frontera entre realidad y ficción se ha vuelto líquida y esto reclama nuevas implicaciones y nuevos compromisos, y por tanto nuevas formas que nos permitan ir un paso más allá en nuestro diálogo con vosotros, espectadores y ciudadanos.
Si seguís leyendo este programa encontraréis en él a una compañía, que abrirá las puertas de la temporada, que rompe y reconvierte los espacios –y por tanto la mirada del espectador– con un potente lenguaje propio; y un clásico griego, el más contemporáneo de todos, la Orestíada, que nos cuenta las raíces de nuestra democracia y que nos llega aún con el perfume del anfiteatro romano de Siracusa; y un gigante ruso, Dostoievski; y Shakespeare en su lengua y en la nuestra; y Ramon Llull también en la suya y nuestra lengua; y un gran autor catalán, Josep Maria Benet i Jornet, contemporáneo nuestro y que ya es uno de nuestros clásicos; y el gran Gabriel García Márquez; y Bernhard, e Ibsen, y Chéjov y Gil de Biedma, Beaumarchais, Charlotte Brontë, Jennifer Haley, Àlex Serrano, Pau Palacios, Jan Vilanova, Pau Miró, Lali Álvarez... Y puertas que se abren hacia nuevas miradas que las nuevas compañías aportan a nuestra vida teatral; y una ‘nueva compañía joven’ del Lliure que unirá, durante tres años, las vidas de unos intérpretes que realizan sus primeros pasos en el teatro; y un mundo paralelo (sólo porque se hace en otro horario) dedicado a los pequeños espectadores; y unos temas sensibles a nuestra sociedad, a los que dedicaremos un espacio de reflexión (siempre haciendo teatro, un nuevo teatro que integra singularidades y colectivos muy distintos que se añaden al hecho artístico desde unas muy diversas vivencias), y una nueva colaboración con la Universitat Pompeu Fabra, y una nueva edición de Els oficis del teatre, que descubrieron nuestro día a día a un apasionado grupo de espectadores, y también...
Mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto... seguiremos esperando que nuestros representantes se pongan de acuerdo, y sobre todo deseando que transcurra este período que nos ha traído la extravagante moda de llamar teatro al comportamiento de los políticos (de la palabra ya se quiso apropiar, hace unos años, el fútbol), y al contexto en el que se mueven y cómo se mueven, puesta en escena. Existe incluso algún intrépido que se atreve a hablar de escenografía, denominándola en algunas ocasiones –como a menudo ocurre– coreografía... ¡Ya basta!
Lo diré una vez más: la diferencia entre eso que ellos hacen y esto que hacemos nosotros es que ellos, cuando fingen, es porque quieren o piensan que necesitan engañar. La mentira del teatro (que sigue siendo una de las Bellas Artes) es una mentira pactada: un juego. La gente que vais al teatro y nosotros jugamos al mismo juego. ¡Los políticos, no! (Vosotros, políticos, que sois responsables de buena parte de nuestras vides, ¡no! Y con la gente no se juega, ¡y con las palabras tampoco!).
Mientras esperamos, por tanto, intentaremos cumplir y hacer todo lo que hemos dicho que haríamos y que hemos impreso en el programa que tenéis en vuestras manos, que es una manera de firmar nuestro compromiso: el compromiso de ofreceros siempre una mirada crítica y una voz amiga, manteniendo –si se me permite, con orgullo– nuestra divisa del año 1976: “teatro de arte para todos”. Esta vieja frase contiene aún una utopía y una luz que ha iluminado y todavía hoy ilumina nuestro camino, un camino hecho también con palabras como artesanía, libertad de espacios, obstinación... Un camino compartido con los otros dos colectivos que hacen y son el Lliure: los artistas y los espectadores; un camino marcado por una larga línea de huellas que se denomina Teatro Público: una idea de teatro más necesaria que nunca en un mundo que se asoma peligrosamente a un mercantilismo generador de violencia y desencanto, cuando no de impotencia, rabia y terror. Y todos sabemos que el mercado tiende a premiar la habilidad más que el talento. El teatro público, precisamente porque es público, es un lugar de pensamiento, de solidaridad, de placer, de democracia, al alcance de todos, al alcance de los que lo estiman, al alcance de los que lo quieren descubrir o de aquellos a quienes la educación (¡ay, la educación!) ha conducido por algún motivo, alguna vez, hasta las puertas de un teatro; y de aquellos que han sentido que aquello les pertenecía y que les era necesario este templo laico, sin altares ni capillas, en el que encuentran refugio cada temporada miles de personas; donde cada día llegan hombres y mujeres a reencontrarse con sus sentimientos, los más visibles y los más escondidos, en el espejo del teatro.
Porque esto son los teatros: espacios vacíos en los que se producen tempestades, ventoleras e inclemencias de sentimientos, dispuestos a manifestarse y a mostrarse vivos en cualquier momento, como las grandes reservas de semillas que algunos responsables de la humanidad, en una rara acción humanista, han creado para preservar la vida de nuestra flora planetaria –una sabia manera de proteger la diversidad. La misma que debemos preservar –a veces, por desgracia, defender– nosotros en estos espacios, estos teatros vinculados a una colectividad y arraigados a una ciudad, como el Lliure, aplicándola a las semillas que harán crecer las emociones antes que consigan (ya deben estar en ello) que nos volvamos todos transgénicos de espíritu. Pensando sobre todo en esto, hemos armado la temporada número 40: una tramontana fuerte que lleve sentimientos profundos, nuevos y diferentes. Sin nostalgia –que es una palabra que el teatre no puede ni debe permitirse– pero sabiendo de dónde venimos, quisiéramos poder ofrecer a los espectadores que nos habéis llevado hasta aquí, y a los que os añadiréis al Lliure por primera vez, lo que hemos intentado siempre: renovarnos cada vez para que lo que parecen nuestras historias, en realidad sean las vuestras, y que ahora, al hojear este programa, hallen un primer eco que estimule vuestra curiosidad, que alimenta la nuestra.
Un fraterno abrazo para cada uno de vosotros.
Lluís Pasqual
director del Teatre Lliure